A veces pensamos que aquello que está lejos no recae sobre nosotros. Sin embargo, todo está conectado y en este mundo globalizado no podemos desentendernos de lo ajeno.
Somos una maraña de hilos que cuanto más se mueven más se enredan.
Ese día el calor apretaba más de lo que lo había hecho durante todo el verano. Un hombre caminaba muy lentamente a
causa de la alta temperatura, que para colmo se sumaba a su edad. Pero iba decidido. Sabía que quería llegar
cuanto antes a la sombra de aquel árbol que tanto le gustaba, cerca de la única fuente de agua
potable de la zona. No superaba los sesenta años de edad, y sin embargo parecía que tenía bien cumplidos los ochenta. Se sentó cansado en el suelo a disfrutar de su pequeño placer diario.
Miraba
pensativo sus manos arrugadas… Su piel era oscura, bien a causa de su propio color natural o de
la falta de higiene acumulada; una larga barba canosa adornaba su cara, donde las arrugas dibujaban
dos ojos negros como el azabache con un aire entre triste y placentero. Iba vestido con poca
ropa, donada en su mayor parte. Por lo tanto, no era de su talla, tenía desperfectos que tela en buen estado y llevaba tanto tiempo vistiéndola que a penas se podía distinguir siquiera su color
original. A esto se le sumaba su extrema delgadez. Visto de lejos, bien podía parecer que aquella
camiseta que le quedaba gigante iba flotando.
Pero él se conformaba. Después de todo, al menos tenía
algo que ponerse con lo que no ir desnudo ni incómodo. El hombre apartó la vista de sus
manos y se centró en una colonia de hormigas que trabajaban al unísono para preparar sus provisiones antes de que el otoño llegara. Eso le recordaba que
llevaba ya dos días sin comer. No era algo anormal para él ni para aquellos con los que se juntaba,
pues la pobreza era la característica común entre todos ellos. Pero a él, a diferencia de a las hormigas, le gustaba estar solo. Le ayudaba
a reflexionar para bien o para mal. Siempre había sido un hombre muy pensativo. El no haber
recibido una buena educación nunca le impidió tener una mente cultivada con ganas de filosofar. Y ese día la protagonista de sus reflexiones fue la injusticia...
“Vaya,
ya dos días sin comer. No está mal si me centro en las veces que han tenido que pasar semanas
hasta probar bocado. Al menos tengo mi árbol, mi sombra y, de momento, mi vida. A menudo,
ésto último no es un consuelo, sino más bien un castigo. Maldición, mi árbol
está bien…
pero ardo en rabia al pensar que mientras yo me paso la mayor parte de los días
sin comer en alguna parte del mundo hay alguien a quien le están entrando ganas de vomitar
por el
empacho, que no puede más, pero quiere. Sin embargo, eso no es nada comparado
con aquellos
que desprecian lo que tienen delante porque no les gusta. Si supieran la de
cosas horribles
que he tenido que comer yo con tal de no morirme de hambre… Y es algo que debo agradecer
teniendo en cuenta la suerte que han corrido algunos de mis conocidos más cercanos.
Que se hinchen si quieren, que sean caprichosos con su comida si pueden,
que se
lo permitan si eso les hace felices, porque no es por lo que yo sufro envidia.
Podría tener toda
la comida del mundo, que si la disfrutara yo solo, me seguiría sabiendo a poco.
Envidia me dan
aquellas familias que se pueden sentar juntas a disfrutar de la cena. Ojalá
hubiera podido yo
darles eso a mis hijos…Puedo presumir de que hemos sido una familia muy unida y de que nos hemos
querido como nadie. Pero no he podido darles lo que merecían… ¡y no será porque
no me
he esforzado! No les he brindado una infancia digna llena de juguetes y
caprichos, ni siquiera
he podido demostrarles correctamente mi cariño, que no es poco. Por mi culpa se
han visto
obligados a crecer demasiado rápido. Y mientras, esas familias que cenan juntas
se centran
en aquello que llaman televisión en vez de estar diciéndose continuamente que
se quieren.
Me pregunto si se lo dirán siquiera. Están tan absortos en querer y codiciar
todo aquello
material que les rodea que se olvidan de lo importantes que son las
personas…
Pues menudo
invento la televisión esa, que más que caja tonta es “la caja que atonta”. No
tendré trastos de ese estilo pero, sabiendo de su existencia, aunque pudiera no los tendría, pues
preferiría ser
ciego y conocer lo importante que me rodea que tener vista y no saber ver lo
importante. Recuerdo
cuando hace alrededor de un año una cámara vino a grabarnos a mis compañeros
y a mí. Cómo si así fuera a ayudarnos a superar nuestra situación… Por mucha gente
que nos vea todos seguirán centrados en su mundo. Pero este hecho, pese
a que en
mí no tuvo ningún efecto positivo, ocasionó mucha alegría en los demás.
Les
hizo novedad, fue
el tema de conversación durante muchos días, se sintieron muy esperanzados. Todos ellos estaban seguros de que la gente que viera aquel programa correría a colaborar y a ayudarnos. No
me gustaba
que les hicieran falsas ilusiones, pero me contuve a mostrar mi desagrado viendo
en ellos los rostros de felicidad que tan pocas veces veía. Incluso me sentí
una persona horrible
cuando vi que yo había tenido razón todo el tiempo que estuvieron grabando. A todo el mundo le gusta saber que la ha
tenido en
algún momento, pero en mi caso no era agradable. Ojalá me hubiera equivocado.
Pasaron los
meses y nuestra situación seguía siendo la misma. Por desgracia algunos de los
que más felices
y esperanzados había visto el día que nos filmaron las cámaras sucumbieron a
causa de enfermedades
incurables por las que confiaban al menos recibir un tratamiento.
¡Otro motivo que
enciende mi rabia! Y eso que al fin y al cabo yo puedo presumir de tener buena
salud. Vuelvo al día de las cámaras, que me voy por las ramas. Recuerdo que la mujer que habló con
nosotros tenía
unos pechos de gran tamaño que, para su edad, al menos en cuanto a las mujeres
que yo había
conocido, estaban demasiado altos. Esto sorprendió a uno de mis compadres que
incluso se
atrevió a tocar y no le gustó ver que estaban duros como rocas. Ella se rió como una loca y
queriendo hacerse la
simpática nos explicó que se había sometido a una operación para “estar más
bella”, y que cada
vez era más normal hacerlo. ¡Gente muriéndose por no tener manera de curar sus enfermedades como tantos de mis hermanos y otros como ella sometiéndose a operaciones innecesarias que incluso podían poner
en riesgo su salud y su vida! Más le hubiera valido procurar estar más bella por dentro
que por fuera,
pues en la vida había conocido a una mujer más despreciable.
Cuando la cámara
grababa, aparentaba
sentir pena por nosotros, hacerse la comprensiva y ser la mejor persona del
mundo. Pero
cuando estaba apagada, su fachada se desvanecía. Nos miraba con gestos de asco
y nos tomaba
por tontos como nunca lo habían hecho en nuestras vidas. Se le notaba que
estaba deseando
marcharse. ¡Cómo no iba a estar yo enfadado si todo aquello solo trajo cosas negativas!… En
concreto, a mí a penas se me acercaba, pues parecía que le asustaba mi mal humor…
¡Ni que yo fuera un salvaje, y más a mi edad! Casi prefiero que no se me
acercara, porque
si no habría cogido sus bártulos y se habría marchado corriendo del susto.
El problema es que como ella debe
de haber tanta gente… ¿Por qué gusta tanto aparentar? No tiene que ser agradable fingir
que eres alguien que realmente no. Es triste engañar a los demás, pero más triste es engañarse a
uno mismo. En mi opinión, el problema radica en una seria falta de autoestima. Tener más cosas no
le hace a nadie ser mejor persona (y tampoco tener menos, pues bien he podido comprobar a
mi alrededor que hay gente así en todas partes) pero sin embargo muchas de ellas se hacen
con cosas que realmente ni siquiera les gustan solo para que los demás los quieran. Y ya ni
hablemos de la personalidad. ¿Si cada uno es quien es por qué tiene que elegir ser otro? Tal
vez si nos molestáramos más en mejorar quiénes somos y no en cambiarlo radicalmente nos
sentiríamos mucho más a gusto con nosotros mismos.
No importa cuántos bienes tengamos, ni
cuánta gente nos rodee… Pues el mayor tesoro que nos ha dado la vida es vivirla y en ello
radica la libertad, a partir de la cual podemos elegir ser felices o unas simples marionetas. Cómo no
va a haber desconfianza en el mundo si con lo normal que es fingir es imposible saber cómo
es realmente alguien. No seré el hombre más rico del globo, pero al menos sé quién soy y que
yo mismo muevo mis hilos, no dejo que nadie más lo haga. No tengo un armario lleno de ropa
donde elegir, pero si lo tuviera estoy seguro de que ninguna sociedad tendría que decirme lo
que ponerme. Y encima seguramente se meterían conmigo, pero no me importaría con tal de serme fiel. Pobres de aquellos que se impiden
a sí mismos ser felices por intentar seguir unos cánones que realmente no van con ellos para nada.
Todos los días sale el sol. Incluso aquellos que no podemos verlo por las nubes está
brillando, sin fallar nunca; todos los días una pareja de ancianos en algún lugar del mundo
sigue amándose como el primer día; todos los días algún niño sonríe sin motivo aparente;
todos los días se oye música, aunque sea solo el canto de los pájaros… Todos los días hay un
motivo, por mínimo que sea, para sonreír. Solo hay que prestar atención a todos los que
nos rodean. Sea como sea tu vida estoy seguro de que al final se pasará volando, por lo que no
debes dejar que se escape de tus manos. Apaga la televisión y recuérdales a aquellos que te
rodean que los quieres; disfruta del calor del sol; canta tu
canción favorita; quiérete a ti
mismo sin miedo y aprecia lo que tienes por poco que sea…Esa es la verdadera libertad, la que radica en uno mismo...”
Tan
absorto había estado el hombre en sus pensamientos que, sin darse cuenta, ya
había anochecido. Recogió un poco de agua con ayuda de un
recipiente lleno de agujeros pero que le
ayudaba
a no tener que beber directamente de sus manos teniendo en cuenta la suciedad que acumulaban por mucho que intentara lavárselas con esa agua .Tal vez aquella noche durmiera al
pie de su
árbol, pues estaba bastante cómodo y de un modo u otro siempre tenía que dormir
al aire libre.
Levantó la vista y miró al cielo, esperando ver las estrellas. Pero no se
veían… Al menos le
quedaba el consuelo de la Luna. Ella siempre era fiel, como el Sol, nunca lo
dejaba plantado.
Pero
ahora las estrellas se veían muy abajo, a ras del suelo… eran estrellas falsas,
sustituyendo a las de
verdad, que no podían verse por el exceso de luz. Estrellas en toda la calle
encarnadas en farolas,
carteles publicitarios, luces de coches y de pantallas de móviles que “cegaban”
a todo aquel
que las miraba,… El pobre hombre miró con tristeza la escena que se repetía a
diario, mientras
que nadie lo miraba a él. Se levantó del suelo y se tumbó en un banco cerca del
árbol donde
había estado sentado toda la tarde, ya que en aquel parque se sentía libre,
alejado de la sociedad
que le había arrojado a esa situación de pobreza y cada día arrojaba a más
gente. El viejo
vagabundo miró por última vez la Luna
antes de cerrar los ojos y sintió pena por él mismo y por
todos aquellos que vivían su misma situación: padres de familia, abuelos, enfermos,
gente a la que
no le quedaba nadie… Una lágrima recorrió su rostro. Maldijo en voz baja a la
sociedad que lo
rodeaba, que por mucho dinero y muchos aparatos que tuviera, cada vez era más
pobre en sentimientos. Lo que él daría por poder decir "te quiero".
-Laisse Saigner.

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