"Lo siento". "Gracias". "No lo sé". "Adiós". "Te quiero".
Todas juntas y a la vez separadas. Todas juntas y entre comillas, como si fueran ajenas a mí. Aquí en frío, las expresiones que más difíciles son de decir por todos y cada uno de nosotros.
Pocas de ellas se dicen sin que sean de verdad, y la mayoría son silenciadas aunque por dentro estén gritando. Búscalas bien, pues se ocultan en las miradas, en los gestos, en la actitud. Por más que se intenten omitir, tienen más fuerza que nosotros mismos. Por eso pueden rompernos y por eso pueden romper.
"Lo siento"
Sentir, ¿el qué? Depende. En cualquiera de los casos, pedir perdón es reconocer un error. Y para reconocer un error tenemos que saber abandonar nuestra mente y meternos en los corazones ajenos.
Como si fuera el conjuro de un mago, tiene diversos poderes. Puede ayudar a calmar la tempestad más destructiva, a arreglar un corazón y a liberar al nuestro. Su mayor defecto es la impuntualidad, la cual a veces la anula por completo. Aún así, debería llegar siempre.
"Gracias"
Dar las gracias parece algo cotidiano. Damos las gracias cuando vamos a comprar el pan, o cuando alguien nos sujeta la puerta. Regalamos esta palabra varias veces al día como si de autómatas bien educados nos tratásemos. Situaciones artificiales en las que nos sale sin pensarlo.
La dificultad viene cuando algo nos importa. La gente de nuestro alrededor está junto a nosotros porque quiere, porque nos quiere. Nos cuesta agradecer aquellos detalles que vienen de las personas a las que más apreciamos. ¿Porque se da por sabido? ¿O porque nos cuesta ahondar en nuestros sentimientos?
"No lo sé".
De nuevo aflora la dificultad de reconocer nuestros errores. Hacerlo no nos debería hacer más débiles, sino mucho más fuertes. El que lo sabe todo no tiene nada que aprender, por lo que nunca podrá saber más de lo que ya sabe. Cuántas cosas nos perderemos por no reconocer que no somos perfectos. Solo somos humanos, con nuestros más y nuestros menos. La mente puede ser limitada, pero que no lo sean las ganas.
"Adiós".
No.
No nos gustan las despedidas. Nunca he visto a nadie decir adiós con una gran sonrisa en la boca. Nos hemos despedido de gente que nos ha importado y es triste, agridulce en el mejor de los casos. Nunca es fácil decirle adiós a una persona, una situación, un momento que se marcha. Pero aún es más difícil cuando tenemos que marcharnos nosotros. Alejarnos de aquello que nos hace daño también duele.
Decir adiós más a menudo puede ser un buen paso para empezar a decir más veces "hola".
"Te quiero".
No de "te quiero para mí", sino de "te quiero conmigo". Lo decimos sin sentirlo y lo sentimos sin decirlo. Por eso nunca diré un "te quiero" que no sienta ni me callaré los que sí. Quiero oír más "te quieros" sin miedo. Y quiero que la gente sienta más.
"Lo siento por todo lo que hay que aguantar de mí. No sé por qué no lo has hecho, pero gracias por no haberme dicho adiós. Lo siento, pero te quiero".
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