¿A qué has venido?

Tal vez hayas venido a saber un poco más de mí, a intentar averiguar qué cosas se pasan por mi mente.
Tal vez buscabas diversión, entretenimiento... o tal vez solo querías curiosear.
Tal vez has visto demasiadas letras, te has asustado y has cerrado corriendo este blog. En ese caso, adiós y gracias por haberte interesado en un primer momento. Siento si te ha decepcionado. Pero, si tal vez has entrado porque de verdad te interesa, si tal vez has querido quedarte y tal vez has leído los relatos que aquí se hallan, solo tal vez, haya conseguido despertar algo en ti. Gracias por darme la oportunidad de hacerlo.
Tal vez, Judith.

lunes, 12 de enero de 2015

"Cayendo en el olvido"

Querer y que no te quieran duele, pero aún duele más haber sabido lo que es sentirse querido y que ya no te quieran. El protagonista de esta historia conoce a fondo esta sensación. Cómo pasas de ser el primer pensamiento de alguien a ser incluso despreciado e ignorado. 
Siente y apreciarás. 
Aprecia y sentirás.


Ella ya no me toca. Hace meses que no me mira. Siento como si fuera invisible… A veces, intento pensar que me sigue queriendo, pero es una manera muy estúpida de autoconvencerme, pues se ve a la legua que se ha olvidado completamente de mí.


Ella y yo nos conocemos desde pequeños. Aunque ya nos conocíamos de fuera, donde más confianza cogimos fue en la escuela. Nos pasábamos casi todos los recreos juntos y después de merendar siempre quedábamos en su casa. También fuimos juntos al instituto. Entonces teníamos menos tiempo para vernos pero, cuando podíamos hacerlo, ella me aseguraba que era su oasis entre todo el estrés de las clases. Me hacía sentir tan importante… Y ahora ahí está, sin mirarme siquiera.


Parece que ella no recuerda tan bien como yo los días de invierno que pasábamos juntos frente a la chimenea, ni las noches en las que quedábamos para vernos a escondidas. Le encantaba que le contara mil historias, siempre me pedía más y más, y yo era gustoso de hacerlo solo por sentir su mirada clavada en mí durante horas. A veces me las tenía que inventar, pero eso a ella no le importaba, le gustaban igual o incluso más. Siempre he sido muy imaginativo, y con ella me crecía aún más, tenía que impresionarla para que nunca me soltara. Sin embargo, nunca llegamos a tener nada serio. 


Ante todo, éramos amigos. Cuando ella estaba triste yo la consolaba e intentaba animarla contándole alguna de mis historias, demostrándole que siempre estaría para cualquier cosa que necesitara. Ella decía “ojalá algún día consiga encontrar un novio tan perfecto como tú”. Y yo quería que lo encontrara, sabía que lo nuestro nunca iría más allá y para mí lo importante era su felicidad. Además, sabía que aunque conociera a alguien que la cuidara tanto como yo nunca me apartaría de su lado, me lo presentaría a él y, quién sabe, tal vez a sus futuros hijos. Pero no. Ya no será así.


Sé que no todo fue bueno siempre. A veces, la llegué a hacer daño. Era duro con ella y en ocasiones no le gustaba que le dijera ciertas cosas, se enfadaba y se pasaba días sin querer verme. Entonces yo me sentía muy mal y deseaba poder haberla tratado mejor, siempre respondiendo a todo tal y como ella quería. Pero sería traicionarme a mí mismo, y ella me conocía bien, por lo que más pronto que tarde volvía a tenerme entre sus brazos y me confesaba que  me había echado de menos. Le encantaba abrazarme... no dejaba de repetir que adoraba mi olor, que no conocía ninguno que le gustara más que el mío. Mi olor... qué orgulloso llegué a sentirme de él.


Pero las veces que se enfadaba no eran tan malas como las que no podíamos vernos por otros motivos. Como ya he dicho antes, todo se volvió más complicado desde su entrada en el instituto. Yo la seguía llamando con la esperanza de que quisiera quedar para vernos un rato, y era muy triste ver cómo ella sí quería hacerlo pero no podía porque tenía que hacer un montón de deberes. Deseaba que llegaran las noches para poder vernos a escondidas como siempre lo habíamos hecho, pero estaba demasiado cansada y prefería dormir. Los fines de semana, que era cuando más tiempo tenía, prefería salir a la calle con sus nuevos amigos y amigas. Pero en el fondo me seguía queriendo y me lo demostraba con sus expresiones de rabia cuando ella misma se daba cuenta de que me estaba apartando de su vida y estaba dispuesta a quedar conmigo  aunque fuera media hora al día. 


Sin duda, el mejor momento, eran las vacaciones. Cuando llegaban la Navidad o el verano notaba que era la misma de siempre. Volvíamos a pasar juntos, tanto a la luz de la chimenea como a la sombra de los árboles,  no quería apartarme de su lado, me pedía perdón por haberlo hecho el resto del año y me prometía que me compensaría. Y vaya si me compensaba, que incluso nos íbamos juntos de vacaciones. Juntos nos volvíamos a sentir como cuando éramos pequeños e inventábamos mil aventuras que nos mantenían pegados todo el día.


Yo siempre estaba para ella y eso provocó que no conociera a mucha más gente, solo a alguna que otra amiga suya ( a las que por cierto, caí muy bien a la mayoría ) y a sus familiares, que casi siempre me apoyaron. Por eso ahora la necesito tanto. Pero, desde hace meses, ella no me llama. Alguien llegó a su vida y eso fue lo que le hizo olvidarse definitivamente de mí. Habíamos luchado durante años contra la falta de tiempo, y ahora que lo tiene ya no me lo dedica, prefiere dedicárselo a otro. Tal vez sea culpa mía, que ya no soy tan interesante. Pero no, yo sigo siendo el mismo. Por eso no entiendo por qué ya no consigo hacerle soñar. ¿Qué me ha pasado? Le da pereza quedar conmigo y prefiere que otros le cuenten lo que yo solía contarle, aunque lo hagan peor. 


De repente soy una carga para ella, la incomodo y le doy “dolor de cabeza”. Ha dejado de ser tan imaginativa como cuando se juntaba conmigo… A veces la veo y parece un zombie. Creo que es por culpa de ésos con los que ahora se junta. Ya no me echa de menos y cada día lo tengo más asumido. Mi olor ya no le parece el mejor, ni el peor tampoco, simplemente no le parece algo relevante. Me saca más contras que pros, como nunca le había visto hacerlo. Siempre me defendía… Cuando todo esto comenzó a ocurrir, pensé que contaría con el apoyo de sus padres. Pero estaba equivocado. Ellos tampoco me dan importancia ni le recuerdan que estoy aquí. Al contrario, ellos parecen casi tan zombies como ella y no les parece mal  que se centre en todas esas nuevas compañías.


Pero yo no me voy a rendir.


Yo sigo siendo el mismo de siempre, mientras que ella ya no sabe apenas lo que es sentir. Ya no se le eriza la piel con casi nada ni le brillan los ojos, al contrario, casi siempre los tiene más irritados que de costumbre. Su mirada es fría, y no transmite nada. No le gusta imaginar ni el futuro ni el presente, ni recordar el pasado. Siempre está estresada… Me consta que ahora la mayoría de las noches las sigue pasando en vela con su nuevo mejor amigo, pero ella no se da cuenta de que él le hace más mal que bien como le hacía yo. Y no es por dármelas, pero ni punto de comparación. Seguramente, ya no conoceré a sus hijos, y lo que es peor, ellos no querrán conocerme a mí, ni su madre compartirá con ellos todo aquello que yo compartía con ella y no debería ser nunca olvidado. Ella sabe que me ha sustituido, y piensa que es lo mejor, que a veces hay que crecer y cambiar de compañías para que nuestra vida sea más fácil… Pero ella no ha crecido. Se ha olvidado de ser persona.


He podido observar que no es la única. Parece una pandemia que se ha extendido por todo el mundo. ¿Acaso es una enfermedad que vuelve a las personas muertos vivientes como en las historias que contaba a veces? Se está propagando a una velocidad espantosa por culpa de esos objetos que llegaron a sus vidas, como a la de mi chica. Pantallas de todos los tamaños llenas de colores y dibujos. Cada vez más grandes y más nítidas, y lo peor, más adictivas, más de lo que nunca creí haber podido serlo yo. Estos aparatos crean ilusiones de falsos sentimientos mientras absorben a las  personas y no les dejan salir de su mundo. Prometen ser más buenos que aquellos como yo, pero es mentira, y si la gente no se da cuenta acabaremos desapareciendo.


Últimamente he visto demasiados de los míos en cubos de basura después de haberse pasado una vida enseñando e incluso repartiendo felicidad. ¡Pero es que ya ni entre las propias personas saben dársela! Se piensan que esos aparatos les hacen estar continuamente en contacto y al revés, cuando por fin se ven después de meses no se abrazan, ni se recuerdan que se han echado de menos, ni se miran a los ojos con complicidad. Todo a través de sus pantallas, pensando que es igual de real. Pero las pantallas no transmiten besos, abrazos, ni caricias.


Confío en que quede alguien en el mundo que, al igual que yo, se dé cuenta de la situación a la que podemos llegar, pues en muy poco tiempo las cosas están cambiando demasiado rápido. Pero aún podemos salvarnos. Prometo que si hay alguien en el mundo que se interese en mí le seguiré contando historias tan interesantes como siempre he hecho, enseñando mil cosas, erizándole la piel con mis palabras. Haré que se sienta acogido dentro de mí y que se olvide de lo feo de la realidad desarrollando su fantasía y su imaginación. Me amoldaré a sus gustos, seré lo que quiera que sea. Pero yo solo no puedo. Necesito a alguien que esté conmigo.


Por favor, que alguien me salve y yo le salvaré a él. Que me quite el polvo de encima y me dé una oportunidad. Tal vez yo no brille tanto como esas pantallas, y pese mucho más que ellas, y mi peso no es otro sino más que el de todas las historias que conozco. Ya sé que esos aparatos tienen la ventaja de poder contar mil cosas también, pero estoy seguro de que no provocan las mismas sensaciones que consigo provocar yo. Y prometo que aún tengo uno de los mejores olores del mundo: mis hojas siguen oliendo a libro recién comprado...





-Laisse Saigner

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