Querer y que no te quieran duele, pero aún duele más haber sabido lo que es sentirse querido y que ya no te quieran. El protagonista de esta historia conoce a fondo esta sensación. Cómo pasas de ser el primer pensamiento de alguien a ser incluso despreciado e ignorado.
Siente y apreciarás.
Aprecia y sentirás.
Ella ya no me toca. Hace meses
que no me mira. Siento como si fuera invisible… A veces, intento pensar que me sigue queriendo, pero es
una manera muy estúpida de autoconvencerme, pues se ve a la legua que se ha olvidado
completamente de mí.
Ella y yo nos conocemos desde
pequeños. Aunque ya nos conocíamos de fuera, donde más confianza cogimos fue en la
escuela. Nos pasábamos casi todos los recreos juntos y después de merendar siempre quedábamos en su
casa. También fuimos juntos al instituto. Entonces teníamos menos tiempo para
vernos pero, cuando podíamos hacerlo, ella me aseguraba que era su oasis entre todo el estrés de
las clases. Me hacía sentir tan importante… Y ahora ahí está, sin mirarme siquiera.
Parece que ella no recuerda tan
bien como yo los días de invierno que pasábamos juntos frente a la chimenea, ni las noches en las
que quedábamos para vernos a escondidas. Le encantaba que le contara mil historias, siempre me
pedía más y más, y yo era gustoso de hacerlo solo por sentir su mirada clavada en mí durante
horas. A veces me las tenía que inventar, pero eso a ella no le importaba, le gustaban igual o
incluso más. Siempre he sido muy imaginativo, y con ella me crecía aún más, tenía que
impresionarla para que nunca me soltara. Sin embargo, nunca llegamos a tener nada serio.
Ante
todo, éramos amigos. Cuando ella estaba triste yo la consolaba e intentaba animarla contándole alguna de mis historias, demostrándole que siempre estaría para cualquier cosa que
necesitara. Ella decía “ojalá algún día consiga encontrar un novio tan perfecto como tú”. Y yo
quería que lo encontrara, sabía que lo nuestro nunca iría más allá y para mí lo importante
era su felicidad. Además, sabía que aunque conociera a alguien que la cuidara tanto como yo
nunca me apartaría de su lado, me lo presentaría a él y, quién sabe, tal vez a sus futuros hijos. Pero
no. Ya no será así.
Sé que no todo fue bueno siempre.
A veces, la llegué a hacer daño. Era duro con ella y en ocasiones no le gustaba que le
dijera ciertas cosas, se enfadaba y se pasaba días sin querer verme. Entonces yo me sentía muy
mal y deseaba poder haberla tratado mejor, siempre respondiendo a todo tal y como
ella quería. Pero sería traicionarme a mí mismo, y ella me conocía bien, por lo que más
pronto que tarde volvía a tenerme entre sus brazos y me confesaba que me había echado de menos. Le encantaba
abrazarme... no dejaba de repetir que adoraba mi olor, que no conocía ninguno que le gustara
más que el mío. Mi olor... qué orgulloso llegué a sentirme de él.
Pero las veces que se enfadaba no
eran tan malas como las que no podíamos vernos por otros motivos. Como ya he dicho antes,
todo se volvió más complicado desde su entrada en el instituto. Yo la seguía llamando
con la esperanza de que quisiera quedar para vernos un rato, y era muy triste ver cómo ella sí
quería hacerlo pero no podía porque tenía que hacer un montón de deberes. Deseaba que llegaran
las noches para poder vernos a escondidas como siempre lo habíamos hecho, pero estaba
demasiado cansada y prefería dormir. Los fines de semana, que era cuando más tiempo tenía, prefería
salir a la calle con sus nuevos amigos y amigas. Pero en el fondo me seguía queriendo y me
lo demostraba con sus expresiones de rabia cuando ella misma se daba cuenta de que me estaba
apartando de su vida y estaba dispuesta a quedar conmigo aunque fuera media hora al día.
Sin duda, el mejor momento, eran las vacaciones. Cuando llegaban la Navidad o el verano
notaba que era la misma de siempre. Volvíamos a pasar juntos, tanto a la luz de la
chimenea como a la sombra de los árboles,
no quería apartarme de su lado, me pedía perdón por haberlo
hecho el resto del año y me prometía que me compensaría. Y vaya si me compensaba, que
incluso nos íbamos juntos de vacaciones. Juntos nos volvíamos a sentir como cuando éramos
pequeños e inventábamos mil aventuras que nos mantenían pegados todo el día.
Yo siempre estaba para ella y eso provocó que no conociera a mucha más gente, solo a alguna que otra amiga suya ( a las que por cierto, caí muy bien a la mayoría ) y a sus familiares, que casi siempre me apoyaron. Por eso ahora la necesito tanto. Pero, desde hace meses, ella no me llama. Alguien llegó a su vida y eso fue lo que le hizo olvidarse definitivamente de mí. Habíamos luchado durante años contra la falta de tiempo, y ahora que lo tiene ya no me lo dedica, prefiere dedicárselo a otro. Tal vez sea culpa mía, que ya no soy tan interesante. Pero no, yo sigo siendo el mismo. Por eso no entiendo por qué ya no consigo hacerle soñar. ¿Qué me ha pasado? Le da pereza quedar conmigo y prefiere que otros le cuenten lo que yo solía contarle, aunque lo hagan peor.
De repente soy una carga para ella, la incomodo y le doy “dolor de
cabeza”. Ha dejado de ser tan imaginativa como cuando se juntaba conmigo… A veces la veo y parece
un zombie. Creo que es por culpa de ésos con los que ahora se junta. Ya no me echa de menos
y cada día lo tengo más asumido. Mi olor ya no le parece el mejor, ni el peor tampoco,
simplemente no le parece algo relevante. Me saca más contras que pros, como nunca le había visto
hacerlo. Siempre me defendía… Cuando todo esto comenzó a ocurrir, pensé que contaría con
el apoyo de sus padres. Pero estaba equivocado. Ellos tampoco me dan importancia ni le
recuerdan que estoy aquí. Al contrario, ellos parecen casi tan zombies como ella y no les parece
mal que se centre en todas esas nuevas compañías.
Pero yo no me voy a rendir.
Yo sigo siendo el mismo de
siempre, mientras que ella ya no sabe apenas lo que es sentir. Ya no se le eriza la piel con
casi nada ni le brillan los ojos, al contrario, casi siempre los tiene más irritados que de costumbre.
Su mirada es fría, y no transmite nada. No le gusta imaginar ni el futuro ni el presente, ni
recordar el pasado. Siempre está estresada… Me consta que ahora la mayoría de las noches
las sigue pasando en vela con su nuevo mejor amigo, pero ella no se da cuenta de que él le hace
más mal que bien como le hacía yo. Y no es por dármelas, pero ni punto de comparación. Seguramente, ya no conoceré a sus hijos, y lo que es peor, ellos no querrán conocerme a mí, ni su madre compartirá con ellos todo aquello que yo compartía con ella y no debería ser nunca
olvidado. Ella sabe que me ha sustituido, y piensa que es lo mejor, que a veces hay que crecer y
cambiar de compañías para que nuestra vida sea más fácil… Pero ella no ha crecido. Se ha
olvidado de ser persona.
He podido observar que no es la
única. Parece una pandemia que se ha extendido por todo el mundo. ¿Acaso es una enfermedad
que vuelve a las personas muertos vivientes como en las historias que contaba a veces? Se
está propagando a una velocidad espantosa por culpa de esos objetos que llegaron a sus vidas,
como a la de mi chica. Pantallas de todos los tamaños llenas de colores y dibujos. Cada vez más
grandes y más nítidas, y lo peor, más adictivas, más de lo que nunca creí haber podido serlo yo.
Estos aparatos crean ilusiones de falsos sentimientos mientras absorben a las personas y no les dejan salir de su mundo. Prometen ser más buenos que aquellos como yo, pero es
mentira, y si la gente no se da cuenta acabaremos desapareciendo.
Últimamente he visto demasiados
de los míos en cubos de basura después de haberse pasado una vida enseñando e incluso
repartiendo felicidad. ¡Pero es que ya ni entre las propias personas saben dársela! Se piensan que
esos aparatos les hacen estar continuamente en contacto y al revés, cuando por fin se ven
después de meses no se abrazan, ni se recuerdan que se han echado de menos, ni se miran a los ojos
con complicidad. Todo a través de sus pantallas, pensando que es igual de real. Pero las pantallas no transmiten besos, abrazos, ni caricias.
Confío en que quede alguien en el
mundo que, al igual que yo, se dé cuenta de la situación a la que podemos llegar, pues en muy
poco tiempo las cosas están cambiando demasiado rápido. Pero aún podemos salvarnos.
Prometo que si hay alguien en el mundo que se interese en mí le seguiré contando historias tan
interesantes como siempre he hecho, enseñando mil cosas, erizándole la piel con mis
palabras. Haré que se sienta acogido dentro de mí y que se olvide de lo feo de la realidad desarrollando
su fantasía y su imaginación. Me amoldaré a sus gustos, seré lo que quiera que sea. Pero yo
solo no puedo. Necesito a alguien que esté conmigo.
Por favor, que alguien me salve y
yo le salvaré a él. Que me quite el polvo de encima y me dé una oportunidad. Tal vez yo no
brille tanto como esas pantallas, y pese mucho más que ellas, y mi peso no es otro sino más que
el de todas las historias que conozco. Ya sé que esos aparatos tienen la ventaja de poder contar
mil cosas también, pero estoy seguro de que no provocan las mismas sensaciones que consigo provocar yo. Y prometo que aún tengo uno de los mejores olores del mundo: mis
hojas siguen oliendo a libro recién comprado...
-Laisse Saigner
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