Sin haberlo sentido,
se atreven a despreciarlo
Sin haberlo vivido,
se atreven a juzgarlo.
¿Por qué ven con malos ojos
lo que les es desconocido?
Llevan ya sesenta años,
y parece que fue ayer.
Sus cabellos ya no son largos,
ni es tersa su piel.
Siempre será para él su reina,
su mujer.
Ellas dos aún son jóvenes,
y se acaban de conocer.
No les faltó tiempo para sentir
la confusión, el odio, el dolor,
el amor, el rechazo, la pasión
y al fin poder decir
“que opinen lo que quieran,
yo vivo por tu voz”.
Después de año y medio
él se ha atrevido, ha olvidado el
miedo
le escribió un “te quiero”
que la dejó sin aliento.
Brilla el “te quiero” en sus
ojos,
pero también brilla en la
pantalla
pues todo un mar los separa
y, pese a ello, quién lo negara,
que tantas horas de charla
forjaron un amor
más impactante que las balas.
Su familia ya lo sabe,
y para ellos, ella ya no es.
Piensan que para sentir amor
también hay que sentir el tono de
la piel.
Pero no son las pieles las que
sienten,
ni las que oyen, ni las que ven.
Son asuntos privados del corazón
que no distingue ni de razas ni
de color.
Él nunca la ha visto,
y nunca la verá.
Sus ojos están sellados,
y ya no lucirán.
Pero él puede oír su voz
y sentir su calor.
Imagina cómo es,
y aunque no la ha visto la sueña,
solo con palparla sabe que es su
mujer perfecta.
No tiene buena cara,
ni la tienen los que pasan a su
lado al verla
pero a él no le importa
¡que la miren mientras puedan,
es un privilegio amanecer
con ella!
Y es probable que pronto ya no
pueda:
aunque él la abrace y la retenga
la enfermedad se la lleva.
Mientras conserve la sonrisa
siempre será bella.
Qué ignorantes son aquellos
que no lloran ni por ellas ni por
ellos,
que ni sienten ni dejan sentir,
ni viven su vida ni la quieren
vivir,
y se atreven a decir
cómo los demás deben hacerlo.
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